Ser como el Che
Cuando los niños cubanos dicen cada mañana, Seremos como el Che, no solamente evocan al legendario guerrillero, al soldado, al libertador. En esa consigna de cuatro palabras se agitan también las ansias de convertirse en seres humanos capaces de amar como lo hizo él.
El Che tenía un encanto personal casi mágico. Quizás por esa razón halló amores, incluso en medio de las precariedades. A su primera esposa, Hilda Gadea la conoció precisamente en México, durante uno de sus viajes por América Latina.
En medio de la lucha guerrillera el Che conoció a Aleida March. Fue exactamente en noviembre de 1958. En esa época ella tenía 24 años y se había graduado en Pedagogía. El amor entre los dos no nació a primera vista como suele ocurrir en las novelas rosas.
En enero de 1959 triunfó la Revolución cubana y en junio de ese mismo año se casaron. Aleida continuó siendo su ayudante personal pero significó mucho más. Fue su amante, su amiga y la madre de cuatro de sus hijos.
“El Che siempre volvía tarde a casa, a las tres o las cuatro de la madrugada. ¡Imagínese! Estaban haciendo una Revolución, construyendo una nueva sociedad.”
Después, fueron las misiones a África primero y a Bolivia después. Desde cada sitio distante el Che le enviaba cartas, que hoy ella conserva como sus tesoros más valiosos.
También guarda un casete de poemas de amor grabados en su voz que un día le dedicó, sus fotos y sus ojos reluciendo en la mirada de Aleidita, la hija mayor.
Cuentan que fue Fidel en persona quien le dio la noticia de la muerte del Che. “No lo podía creer, referiría ella tiempo después, nunca pensé que después de tantas batallas le pudiera pasar nada.”
Un matrimonio de sólo ocho años dejó raíces para la eternidad. Aleida tiene más de 70 años pero el sentido de su vida está precisamente en revivir al Che todos los días.
Gracias a ella el diario del Che en Bolivia pudo ser editado, porque la letra del Che, casi ininteligible cobró luz, se tornó voz bajo los ojos de esta mujer.
Ella tuvo la responsabilidad de transcribir cada pasaje de la lucha guerrillera en los cerros bolivianos para convertirlos en historia. Y la labor continúa en el archivo histórico del Che, ubicado donde estuvo el hogar de los dos.Allí permanece Aleida March. Muchos piensan en ella como en la viuda del Che, pero no lo veo así. Ella es parte de la vida del Che.
El Che pervive en su ayer que también es nuestro, y en tantos enigmas donde se renuevan y agitan sus vidas que también nos pertenecen.
Llevar el amor en su paso por la vida lo eternizó. Quizás por eso, la aspiración de ser como el Che no es sólo de los niños cubanos, es también de muchas personas en el mundo.
“El Che siempre volvía tarde a casa, a las tres o las cuatro de la madrugada. ¡Imagínese! Estaban haciendo una Revolución, construyendo una nueva sociedad.”
Después, fueron las misiones a África primero y a Bolivia después. Desde cada sitio distante el Che le enviaba cartas, que hoy ella conserva como sus tesoros más valiosos.
También guarda un casete de poemas de amor grabados en su voz que un día le dedicó, sus fotos y sus ojos reluciendo en la mirada de Aleidita, la hija mayor.
Cuentan que fue Fidel en persona quien le dio la noticia de la muerte del Che. “No lo podía creer, referiría ella tiempo después, nunca pensé que después de tantas batallas le pudiera pasar nada.”
Un matrimonio de sólo ocho años dejó raíces para la eternidad. Aleida tiene más de 70 años pero el sentido de su vida está precisamente en revivir al Che todos los días.
Gracias a ella el diario del Che en Bolivia pudo ser editado, porque la letra del Che, casi ininteligible cobró luz, se tornó voz bajo los ojos de esta mujer.
Ella tuvo la responsabilidad de transcribir cada pasaje de la lucha guerrillera en los cerros bolivianos para convertirlos en historia. Y la labor continúa en el archivo histórico del Che, ubicado donde estuvo el hogar de los dos.Allí permanece Aleida March. Muchos piensan en ella como en la viuda del Che, pero no lo veo así. Ella es parte de la vida del Che.
El Che pervive en su ayer que también es nuestro, y en tantos enigmas donde se renuevan y agitan sus vidas que también nos pertenecen.
Llevar el amor en su paso por la vida lo eternizó. Quizás por eso, la aspiración de ser como el Che no es sólo de los niños cubanos, es también de muchas personas en el mundo.


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